Una tarde de domingo en el que el sol golpeaba fuerte sobre Santiago, murió Pinochet. Justo un 10 de diciembre, en el que por esas absurdas paradojas con que suele golpearnos el destino, dejó de existir mientras se conmemoraba en el mundo el Día Internacional de los Derechos Humanos.Sus dos semanas internado en el Hospital Militar, ante el cuidado exclusivo de médicos que informaban sobre la gravedad de un dictador que podía resistir múltiples infartos, hacían creer que se trataba de uno de los tantos trucos apelados por su defensa para eludirlo una vez más de la inoperante Justicia Chilena. Sorpresa además porque a una generación entera de chilenos les hizo creer que era inmortal, sobre todo cuando se venía a la memoria la tétrica imagen de él y su Junta de Gobierno tras el Golpe, donde Pinochet posaba sentado, con los brazos cruzados, anteojos oscuros y gestos falsos.
Y se fue. Sin pedir nunca perdón, no sólo por las siempre frías cifras que le tendrían que haber atormentado, las que indicaban que fue el responsable de 3.200 muertos, 1.200 detenidos desaparecidos, 28.000 torturados y 300.000 exiliados; sino también por haber dejado en penumbras un país por largos 17 años. Se venía una semana convulsa.
Honores militares nunca vistos; pinochetistas por doquier saliendo de un avergonzado ostracismo; el discurso de su nieto, activo militar del Ejército, enarbolando banderas anti marxistas en pleno velatorio; el simbólico y valiente escupitajo al cristal de su ataúd de otro nieto, el de Carlos Prat, ante la atónita mirada de muchos; la ira gratuita de energúmenos con la prensa; la celebración en la Plaza Italia y en muchos lugares del mundo, y el análisis masivo, confirmaban, entre otras cosas, que su figura estaba de lejos de ser olvidada.
El recuerdo volvió intempestivamente, evocándonos el traicionero y violento mazazo que le dio a la historia un hombre opaco que nunca pensó en tener el poder que tuvo. “Esa hiena que mandó a fusilar gente desde el mismo sillón donde eyectaron a Allende”, como describe Alan Pauls en su novela “Historia del Llanto” a ese ser llamado Augusto José Ramón.
Pero lo importante era que ya no estaba. Que se había convertido en cenizas por temor a represalias más que por convicción. Que se había ido para siempre dejando millones de dolores y a su familia una cantidad similar, pero de dólares del Estado en sus bolsillos.
Se había ido quien creyó ser hasta sus últimos minutos un elegido divino que amenazaba desafiante desde un pedestal manchado con sangre “mirarlos a todos desde arriba porque Dios me puso ahí”, y que tenía por objetivo asesinar marxistas porque éstos seguían “matando a Dios”, como dijo en ocasiones.
Se fue con su mentiroso delirio. El mismo inmortalizado en el “no me acuerdo, pero no es cierto. Y si es cierto, no me acuerdo”, cuando respondió si él como Presidente tenía responsabilidad por las muertes perpetradas por su DINA. Paradojas nuevamente: se convirtió en un impostor de locura una persona que sin duda nunca debió de estar en sus cabales.
¿Y qué nos dejó?
A Chile, una extraña mezcla de dolor y agradecimiento presente siempre en un país aún fracturado – como lo demostró bien su muerte – y la llegada de un exitoso pacto político que trajo una transición con rasgos de españolidad y un crecimiento nunca visto pero que mantuvo la desigualdad heredada del modelo económico neoliberal. Su sueño de convertir a Chile desde un país de proletarios a un país de propietarios se ha cumplido, mientras las nuevas generaciones son despolitizadas al máximo ante la mirada perpleja de los jóvenes de antaño, de aquellos que tubieron la ilusión y la esperanza de hacer un país más justo. Las generaciones actuales son de un cálculo terrorífico, de un utilitarismo salvaje... resignados muchos a seguír los modelos de exitismo imperantes en la sociedad que nos heredó la dictadura, pensando que todo tiempo pasado fue peor, he aquí el gran legado de la dictadura militar. El daño transgeneracional se hirá diseminando poco a poco a través de los años, anesteciado por el consumismo generalizado y la farándula idiotizadora de los jóvenes apáticos.
Desgraciadamente, como bien dijo Marco Antonio, su hijo menor, en una entrevista, no lo podremos borrar de la historia “por los cambios que realizó”. Eso es indudable. Porque Pinochet trastocó con su belicosidad la vida de muchos. Sin embargo, el juicio de la historia ya comienza a condenarlo, demostrado en que casi la unanimidad mundial lo ve como el cruento dictador que fue. Además, su círculo alega irrisoriamente la persecución política tan característica de su gobierno. Esos son consuelos. Otro podría ser que tal como dijo Benedetti tras enterarse de su muerte, que Pinochet “no era eterno e invencible, como te lo hizo creer el imperio” y que se marchó “hacia el olvido, hacia las profundidades del infierno”, ante la mirada avergonzada traducida en indiferencia electoralista de muchos de quienes lo ayudaron o apoyaron.
Ahora ya Pinochet es ceniza, como espero que lo sean algún día las convicciones de sus partidarios quienes siguen defendiendo lo indefendible, amparándose todavía en ridículos afanes libertarios anti comunistas y en un agradecimiento obsecuente que podía trazar lo más intransable, como es la libertad. Espero que esas protegidas cenizas no hagan surgir nunca el infundado e injusto odio xenofóbico que poseía el cremado hacia quienes no vieran el mundo como él. La misma injusticia que, tal como se preguntaba en su título el periódico argentino Página 12, tras su muerte, habrá tenido el infierno para merecer esto.
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